La Razón digit@l - Religión - «Al convertirme al cristianismo descubrí la libertad»
 




























 
 

semana del 12 al 18 de enero de 2005

 



Vittorio Messori: «Al convertirme al cristianismo descubrí la libertad»


Escritor católico


Se educó en una familia totalmente laica, pero tuvo un encuentro con Jesucristo al leer los Evangelios. Desde entonces su vida ha girado en torno a su fe y ha contribuido a la de los demás escribiendo libros y colaborando en medios de comunicación


Stefano Zurlo
Milán - Vittorio Messori es, posiblemente, el escritor y periodista católico más importante y conocido; el de mayor influencia en el mundo. Fue el encargado de preguntar a Juan Pablo II en «Cruzando el umbral de la esperanza», un libro que ha tenido una difusión de más de 24 millones de ejemplares en varias lenguas. Nació en Sassuolo en 1941, aunque vivió durante más de treinta años en Turín, adonde la familia se trasladó después de la guerra.
   En 1965 se licencia en Ciencias Políticas con una tesis sobre el resurgimiento italiano. Más tarde colaboraría en «La Stampa» durante diez años hasta que se traslada a Milán en 1978. Será en esta ciudad, donde contribuirá a la creación de una revista mensual religiosa llamada «Jesús» de la que más tarde sería colaborador.
   Es columnista en diferentes periódicos y revistas como «Avvenire», «Corriere de la Sera», «Jesus», «Il Timone» y «La Razón», entre otros.
   
Conversión. «Mi conversión tuvo lugar entre julio y agosto de 1964. Yo era laico, alumno predilecto del más laicista del momento, Alessandro Galante Garrone. Destinado para un brillante futuro en la editorial Einaudi, templo de la cultura laicista, de pronto me vi leyendo los Evangelios, mirando las cosas desde otro punto de vista, el de la fe, hasta ese momento desconocido y despreciado por mí». De esa forma el alumno de Galante Garrone, de Bobbio, de Passerin D´Entréves, de Fippo, dio la espalda a sus maestros, al panteón de las glorias piamontesas, al activismo, a Gramsci y Gobetti, y se volcó en la indagación de la figura de un hombre que había vivido en Palestina hacía dos mil años: Nace así «Hipótesis sobre Jesús», un best- seller que lleva vendida en Italia más de un millón de ejemplares.
   – Señor Messori, usted indaga y desmitifica, estudia y destroza con furia iconoclasta los santinos laicos, restituyendo la Turín de los santos, de los obispos y de los fieles. Sin embargo, todo esto empieza a partir de su conversión: un tema que usted liquida en sólo dos líneas, dos líneas en trescientas cincuenta páginas, sin explicar nada. ¿Por qué razón?
   – Por pudor. Jamás lo he contado en público. Sin embargo, puedo afirmar que mi vida se decidió durante esos dos meses cruciales, entre julio y agosto de 1964. Tenía entonces 23 años, estaba preparando la tesis doctoral y por la noche trabajaba en Stipel como telefonista. Aquella experiencia me arrolló de tal manera que no tuve necesidad de creer, porque había visto y, en cierto sentido, tocado con las manos, y llegué a tener absoluta certeza. Si me hubieran apuntado con una pistola pidiéndome que abjurara no habría podido, por respeto a la verdad que había encontrado. Digamos que yo escribo para los que se mueven a tientas, con dificultad: acumulo razones para ellos, no para mí. No las necesito, vuelvo a repetir, y digo esto con total modestia, temor y temblor.
   – Usted se formó en el liceo D´Azeglio de Turín, el «Sancta Sanctorum» del laicismo; creció en la escuela del razonamiento y de la duda, y ahora viene a decirnos que ha visto y ha tocado con las manos. ¿No es un tanto exagerado?
   – Si nunca he hablado de ello es porque yo soy el primero que percibo la dificultad. Durante esos días entré en otra dimensión, donde todo era claro, transparente, evidente,... No es que tuviera una visión, no me malinterprete, sino que una fuerza irresistible me obliga a mirar la realidad desde la fe. Leía los Evangelios y todas mis convicciones, mis prejuicios, mi esnobismo intelectual, mi promiscuidad sexual incluso, se rompieron en pezados. Fue una experiencia durísima y fulgurante, tierna y violenta al mismo tiempo. Verdaderamente un enigma. Hablé en privado con André Frossard, con el que me vería en más ocasiones; él había vivido una experiencia similar, pero la suya había durado unos minutos. La mía, más de un mes.
   – ¿Y después?
   – Aquella situación tan particular terminó y no se ha vuelto a repetir en mi vida. No en vano, tengo un temperamento racional, no místico. Sin embargo, aquel impulso no ha desaparecido y sigo dando gracias al Señor por llevarme por su camino, aunque entonces tuviera que pagar un precio muy alto en el plano intelectual y moral. Galante Garrone, al conocer la noticia, rompió conmigo, desconcertado, y mi carrera en aquel mundo elitista y discreto terminó justo en el momento en que comenzaba, al mismo tiempo que mi vida privada y mi afición a coleccionar aventuras mujeriegas daban un giro de ciento ochenta grados. Hubiera querido no tener que hacerlo, lloraba mientras arrugaba mi agenda llena de direcciones, pero no podía hacer otra cosa. Mi madre, al descubrir desconcertada que había empezado a ir a misa –a escondidas y como avergonzado– llamó al médico, convencida de que yo no estaba bien de la cabeza.
   – Usted dejó atrás la cultura laica y se convirtió al catolicismo: ¿qué ha encontrado en la fe?
   – El significado de mi existir y mi morir, y la libertad. Desde que me convertí descubrí la libertad. Al principio estaba lleno de tabúes, de prejuicios; no era un hombre libre. Incluso los dogmas, como decía André Frossard, no eran rejas, sino ventanas. Lo que nos paraliza son las ideologías poscristianas, no la fe.
   – ¿Cúal es la relación entre fe y razón?
   – Existe una relación directa entre fe y razón. Y como decía Pascal, el último paso que puede dar la razón es reconocer que existen infinidad de cosas que la superan. La razón es la que nos abre al Misterio y nos lo muestra como razonable.
   – Don Giussani dice que la fe es esencialmente racional, no irracinal.
   – Yo también defiendo que es razonable, aunque no es racionalmente demostrable; de otro modo nos sentaríamos en una mesa para demostrar la existencia de Dios... Somos creyentes, no crédulos: desde este punto de vista aprecio muchísimo el pensamiento de don Giussani. Siempre me he sentido muy cercano a Comunión y Liberación y a otros movimientos como el Opus Dei, los Carismáticos, los Focolares, los Neocatecumenales o los Legionarios de Cristo. Amo la Iglesia plural, pluralista. «Vive la difference», al menos en lo que a carismas se refiere.
   

   Por libre.
– Sin embargo, usted siempre ha permanecido al margen...
   – Si no pertenezco a un movimiento en concreto, si trato de ser un católico sin adjetivos es porque no he sentido hasta el momento la vocación específica, la llamada hacia una de estas realidades. Por lo demás, me convertí en soledad, aquel verano de hace cuarenta años, todavía me impulsa hacia delante cada día. En el fondo, mi vocación es la del ermitaño que estudia, reflexiona, piensa y escribe libros. Mi mujer y yo, sin hijos y retirados por propia elección en nuestra casita de Desenzano del Garda, somos una pareja de ermitaños. Huellas

 
 




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