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domingo 22 de mayo de 2005

 


«Estoy convencido de que Benedicto XVI cautivará a los jóvenes de modo similar al de Juan Pablo II»


Cardenal Antonio María Rouco Varela / Arzobispo de Madrid


Álex Rosal/Álex Navajas
Madrid- Conoció a Joseph Ratzinger en las aulas, en el curso académico de 1959-1960. «En aquella época ya se trataba de una figura de referencia en el panorama de la teología alemana que atraía a muchos jóvenes estudiantes, entre ellos a éste, que era un curilla español», rememora el cardenal Antonio María Rouco Varela. El futuro Benedicto XVI pasó la mayor parte de su etapa docente en Ratisbona, «una universidad joven, sin tradición». «Sin embargo, él supo hacer de su cátedra el mayor foco de irradiación de la teología católica. Se convirtió casi en un centro de peregrinación teológica, y en los años 70, todos estábamos pendientes de sus enfoques en el tratamiento de las cuestiones más candentes en la teología del posconcilio. A la vez, supo estar muy pendiente de los problemas de la Iglesia y de la sociedad de ese momento, marcada por el neomarxismo de la Escuela de Frankfurt», señala el arzobispo de Madrid.
   
Rica personalidad. Ya en aquellos años, la personalidad de Joseph Ratzinger distaba de la imagen de profesor frío, adusto y lejano que algunos han dado de él: «Atraía su rica personalidad de un profesor que no sólo exponía teorías, sino que transmitía una honda experiencia de Cristo. Mantenía una relación personal con el alumno, casi de dirección espiritual. Tenía fama de que se ocupaba de los problemas más pequeños de los estudiantes: la beca, cualquier apuro o necesidad... Pero lo sabía hacer calladamente, sin exhibicionismo alguno».
   Posteriormente, cuando fue nombrado arzobispo de Munich en 1978, «significó para muchos un motivo para la esperanza», subraya el cardenal Rouco. «Pronto se advirtió su sensibilidad para apreciar la acción evangelizadora de los nuevos movimientos que estaban surgiendo en la Iglesia».
   – En eso fue, entonces, un precursor...
   – Siempre abrió puertas e iluminó los caminos para la acción extraordinaria del Espíritu en la Iglesia: el Opus Dei, Focolares, etc. lo saben bien.
   – Una imagen, por tanto, bastante alejada de los que le describen como frío, inflexible y distante...
   – Uno se extraña del modo que tienen algunos de verle con tópicos de personaje duro, inflexible. Benedicto XVI no tiene nada que ver, pero nada, con esos estereotipos. La primera impresión que producía siempre en el alumno era positiva: atraía intelectual, humana y espiritualmente. Después de Romano Guardini, en el siglo XX ha sido posiblemente uno de los profesores de teología que mejor han sabido conectar con las inquietudes más profundas de sus alumnos.
   
No mirarse al ombligo. - En el último Sínodo de los Obispos, el entonces cardenal Ratzinger afirmó, para el asombro de muchos oyentes, que la Iglesia debía dejar de mirarse al ombligo para hablar de Cristo...
   – Sí, la preocupación por las estructuras había alcanzado, en la Iglesia posconciliar, especialmente en Centroeuropa, unos límites llamativos. Se contaba con recursos humanos y materiales muy abundantes... El peligro y la tentación de caer en una cierta burocratización resultaba evidente. La forma de superar esta situación consistía en una verdadera renovación de la acción pastoral mirando a Cristo, el Hijo de Dios vivo, muerto y Resucitado por la salvación del hombre en el contexto del Misterio de la Trinidad y de la historia de la salvación, alejándose por lo tanto de cualquier intento de identificarle con un líder sociorreligioso más.
   
El tirón de Juan Pablo II. – Un cardenal afirmó, pocos días antes del cónclave, que «después de Juan Pablo II, las sandalias del Pescador quedaban muy grandes». ¿Cree usted que Benedicto XVI va a tener ese tirón que tenía el Papa polaco, especialmente con los jóvenes? Pensemos, por ejemplo, en la Jornada Mundial de la Juventud de Colonia, del próximo mes de agosto.
   – Sin duda. Estoy plenamente convencido de que los jóvenes van a acudir en un número, con una actitud y una disposición para el compromiso cristiano muy similar a la que se ha dado en las Jornadas convocadas por Juan Pablo II. La figura del nuevo Papa suscitará en los jóvenes un interés igualmente nuevo, y movilizará a nuevos grupos deseosos de conocerle y que probablemente no tenían previsto acudir. Les cautivará de otro modo, pero les cautivará. La personalidad humana y espiritual de Benedicto XVI, lo decíamos antes, les impulsará convincentemente a vivir de lleno la experiencia del encuentro con Cristo: a vivir «el iremos a adorarle» del lema de la XX Jornada Mundial de la Juventud en Colonia con una frescura nueva.
   
Puede visitar Valencia. – ¿Sabe ya si vendrá a Valencia, como se ha especulado, con motivo de la Jornada Mundial de las Familias, el próximo año?
   – Con certeza sólo se sabe lo que él mismo ha anunciado: que irá a Colonia en agosto. También acudirá a Bari (Italia) para hacerse presente en el Congreso Eucarístico Nacional. De todos modos, Benedicto XVI no se va a encerrar en el Vaticano. Pocos días antes de que falleciera Juan Pablo II, le hice llegar por carta una invitación para pronunciar una conferencia en el próximo Congreso Internacional que está organizando la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid sobre la ley natural. Si no hubiese sido elegido Papa, es fácil que lo hubiésemos tenido entre nosotros.
   – Ahora va a ser más complicado...
   – Hay que esperar que algún día piense en una visita apostólica a España... En Valencia se celebrará en el 2006 el Congreso Mundial de la Familia... El Papa conoce bien y aprecia mucho el pasado y el presente de la Iglesia en España y su gran y decisiva aportación a la evangelización de América y Asia. Fíjese: la única evangelización que verdaderamente cuaja en el inmenso continente asiático es la española. Un ejemplo paradigmático de lo que estamos diciendo lo ofrece Filipinas. Benedicto XVI conoce además muy profundamente la veta mística y contemplativa, que caracteriza el perfil propio de la Iglesia en España, y a sus más insignes protagonistas: Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.
   
Entusiasmo indescriptible. – Cambiando de tercio, eminencia. Usted fue uno de los seis cardenales españoles que participaron en el Cónclave. ¿Qué detalles o curiosidades recuerda de aquellos días?
   – Puedo contar lo que ocurrió después del Cónclave, no durante el mismo, como todo el mundo sabe. Recuerdo las palabras del cardenal Ratzinger al aceptar la elección: «En el espíritu de la obediencia, acepto». Reflejan bien su aptitud de aceptar y seguir humildemente la voluntad del Señor. ¿Anécdotas?.. Lo del humo en la Capilla Sixtina no fue para tanto; salió un poquito... El aspecto que ofrecía la Plaza de San Pedro y que pudimos contemplar y gozar los cardenales desde los balcones de la logia de la Basílica cuando el Santo Padre aparece, se presenta y bendice al pueblo de Roma y al mundo –«urbi et orbi»– era de un entusiasmo indescriptible: los saludos, los cantos de júbilo, las aclamaciones y signos de gratitud, el clima de fiesta nos envolvía a todos con un espíritu de alegría y de gratitud que sólo podían venir del Señor que había regalado a su Iglesia un nuevo sucesor de Pedro.
En primera persona Juan Pablo II depositó una confianza extraordinaria en él. Los nombramientos para participar en los distintos dicasterios del Vaticano llegaban a un ritmo de casi uno anual. Esas labores las ha compaginado con el arzobispado de Madrid y con la presidencia de la Conferencia Episcopal Española, cargo del que fue relevado hace apenas dos meses. Sus colaboradores más cercanos lo agradecieron: «Entre el Vaticano y Madrid, el cardenal casi no tiene un respiro», afirman. A Benedicto XVI le conoce desde hace 45 años. Cuando se arrodilló ante él para felicitarle, nada más haber sido elegido Papa, le dijo que iban a celebrar una misa en acción de gracias en Madrid. «¡Ah! ¿En la Almudena, la única catedral que consagró Juan Pablo II?», preguntó Benedicto XVI. «No, Santo Padre, justo en frente, en la explanada. Dentro no cabemos», respondió el cardenal Rouco. Nació en Villalba (Lugo) en 1936 y es arzobispo de Madrid desde 1994, cuando sustituyó al cardenal Suquía.

 
 




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